lunes, 30 de septiembre de 2013

5 Tal vez nos encontremos

Puede que te encuentre mañana, o dentro de un rato, en cualquiera de los rincones de la Red. No sé qué estás buscando, o qué crees que buscas, pero algo de lo que he dicho te interpela y me respondes, o me preguntas.

 

En ese momento voy a intentar recordar varias cosas que creo que son muy importantes. Pero cuando falle, cuando me deje llevar por mis defectos y cometa errores, por favor, lee este post. Así sabrás cuál era mi intención, aunque luego me hayan podido mis debilidades:

 

- No te conozco: no sé por qué piensas como piensas, no sé por qué caminos has llegado hasta aquí. No soy quién para juzgarte y no voy a hacerlo.

 

- Aunque te conociera perfectamente, no soy quién para juzgarte y no voy a hacerlo.

 

- La corrección fraterna nace del amor, se hace con amor y lleva al amor. Si no estoy segura de que mis palabras te llevarán al amor, es mejor que me quede en silencio.

 

- No vengo aquí a presentarme a mí misma, ni lo maravillosa que soy. Si lo que te digo te habla de mí y no de Cristo, estoy estorbando.

 

- No vengo a presentarte unas ideas ni un sistema moral, sino a hablarte de Jesús y de su amor. Lo demás vendrá solo... y no es lo que más me importa ahora mismo.

 

- Es absolutamente necesario que cada día me pregunte por qué quiero llevarte a mi Señor. Si la respuesta no es "porque te quiero y quiero lo mejor para ti", no soy la persona adecuada para responder a tus preguntas.

 

- Puede que me ataques, que me insultes, que me faltes al respeto. Pero no voy a tomarlo como una ofensa personal. Si estás hablando conmigo, eso es algo bueno, muy bueno, y me alegro muchísimo. Lo demás es secundario.

 

- No estoy aquí para ganar una discusión ni para demostrarte que soy mejor que tú. De hecho, no lo soy. Lo que me importa eres tú: ¿qué necesitas?

 

- Repito: no soy mejor que tú. Tengo mucho que aprender de ti. Tenemos mucho que compartir. Disfrutémoslo.



 

viernes, 27 de septiembre de 2013

2 Un reto y una cena.

En los últimos días, distintas personas me han hecho comentarios acerca del supuesto machismo en la Iglesia. Son comentarios que me hacen entender cuán complicado es comprender las realidades humanas desde fuera.

Si hay una iglesia machista, desde luego, no es la mía. Implicaciones teológicas aparte, me resulta gracioso que se suponga que el sacerdocio supone algún tipo de poder, humanamente hablando. Me hace gracia porque veo a los sacerdotes que conozco entregar su vida hasta el último minuto; estar disponibles las veinticuatro horas, siempre con una sonrisa; no tener tele porque no tienen tiempo de verla; no decir jamás que no cuando se les pide algo; dejar a sus familias y a sus seres queridos para irse a servir a la Cochinchina, a donde les manden. Les veo consumirse de cansancio sin una sola queja y sin perder el buen humor, soportar el estrés y la enfermedad sin ocurrírseles quedarse en casa a descansar. Les veo pasar hambre por servirnos la mesa o leernos durante la comida. Y así, toda una vida, día tras día sin pertenecerse, sin querer nada para sí mismos.

Recién conversa, me impresionó mucho una escena. Estábamos en la Basílica de Medinacelli, en Madrid, y uno de los monjes dirigía el rosario. El hombre tenía un gripazo de caballo y sudaba de la fiebre. Hacía misterios de tres avemarías y otros de quince, según, porque evidentemente no estaba en condiciones ni de estar de pie. Pero estaba allí, sirviéndonos a nosotros. Y como ese monje, tantísimos.

Imagino lo que estarás pensando: "Claro, es que a ti te han sorbido el seso, te han captado, te han lavado el cerebro." Si es así, te propongo un reto: ven y vívelo. Necesitamos manos. No tienes que ir a misa si no quieres: solo ven y ponte a servir, a cuidar y a querer a quienes lo necesitan. Si después de tres meses te seguimos pareciendo machistas, te invito a cenar.

¿Aceptas?

El padre Guillemo Aguiñaga, misionero. Sacerdote. Iglesia.

lunes, 23 de septiembre de 2013

2 Quiero creer... ¡pero no puedo!

Repetí esta frase durante unos quince años, durante los cuales fui dando bandazos entre el agnosticismo y el ateísmo militante. Y hoy me ha dado por preguntarme qué me diría a mí misma si pudiese volver atrás en el tiempo hasta aquellos años. Estas cosas, claro, valen para mí y puede que para nadie más. Pero te las dejo. Quién sabe.

 

Esto es lo que le diría la Susana de hoy a la Susana de hace quince años:

 

- Relájate. No tienes que tener hoy todas las respuestas. Disfruta del camino.


- Lee. Investiga. Piensa. Está bien leer a Niestzche, pero lee también a C. S. Lewis, a Chesterton. Te gustará.


- Trata con respeto las creencias de los demás. Quién sabe... tal vez no posees toda la verdad.


- Haz preguntas, dialoga. Pero también, observa a los otros en silencio, tratando de no juzgar.


- Desconfía de quien no valore tu libertad y tu forma de pensar cuando empieza a no coincidir con la suya.


- Los prejuicios te hacen sentir segura: mándalos a tomar vientos y veamos qué pasa luego.


- Ese Dios al que buscas es mucho más grande y mucho más inteligente que tú, no lo olvides.


- Ese Dios al que buscas no está allá arriba, sentado en un trono de nubes doradas. Está mucho más cerca de lo que piensas. Y te quiere con locura.


- Aunque te sientas rara, reza. Pide a otros que recen por ti. ¿Qué puedes perder?


- Atrévete a confiar. No todo el mundo trata de engañarte, estafarte o convencerte para que compres algo.


- Mira en el diccionario qué significa humildad y trata de practicarlo. No eres el centro del Universo... y no te imaginas la de ventajas que tiene eso.


- Por cierto, esa camisa negra con la chupa de cuero te queda como un tiro. Tenía que decírtelo.


sábado, 21 de septiembre de 2013

0 Sobre sectas y algo más

Fue un poco de casualidad. Un día recibí un mensaje en Facebook invitándome a acudir a la presentación de un libro sobre sectas. La verdad es que el tema me gusta. Todo lo que suene un poquito oscuro y retorcido me atrae, qué le vamos a hacer. Me excusaría en aquello de conoce a tu enemigo para combatirlo, pero mentiría. Me mola porque me mola, sin más. Nadie es perfecto.

 

Y allí me presenté, en una parroquia donde Saruman perdió el mechero, a ver qué me contaban. Lo cierto es que iba bastante en blanco. Yo de sectas sabía lo que había visto en CSI y poco más. ¡Y disfruté de lo lindo! No solo por lo interesante y lo curioso del tema, sino porque aprendí mucho en muy poco tiempo, y casi sin darme cuenta. El autor, el experto Luis Santamaría, quería contarnos tantas cosas que no daba tiempo a tomar notas, así que traté de quedarme con la idea general... y en cuanto llegué a casa (a las doce de la noche) entré en la web de Amazon y me compré el libro.

 

Entre las sectas y el fin del mundo engancha desde la primera página. Es de esos libros en los que se aprende con una sonrisa en los labios; que no solo te hacen pensar sino que te dejan con ganas de más. Entre anécdotas y curiosidades, se despliega un trabajo de investigación y análisis nada desdeñable, acerca de algunos de los sucedáneos más conocidos que el hombre se ha fabricado en los últimos tiempos para satisfacer su necesidad de trascendencia, egolatría, miedo a la muerte, o simplemente para hacer negocio. Desde los Testigos de Jehová y la Nueva Era hasta los Copimistas (esta, como informática, me encantó. ¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí?), pasando por las profecías de Nostradamus y el calendario maya.

 

Después de terminar su lectura, me quedo con tres ideas:

 

- Quiero más.


- Amo a mi Iglesia Católica. La amo porque me acompaña en mi libertad, porque me invita a reflexionar y a no conformarme, porque me ayuda a crecer.


- Quiero más.

 

El libro está en Amazon (http://www.amazon.es/Entre-sectas-mundo-Colecci%C3%B3n-ebook/dp/B00CWJOKVC) por tres duros. Recomendadísimo.



viernes, 6 de septiembre de 2013

0 No hay sitio en la posada

Un mismo manojo de llaves para todas las puertas de la parroquia y unas mil personas que lo necesitan a la vez (vale, exagero. Tres o cuatro). El conflicto estaba servido. 

Señora (siempre hay una señora en estas cosas): - Déjame un momento las llaves de la sacristía para ir preparando la exposición del Santísimo.

Chica maja y simpática y fabulosa (yo): - Momento que traigo una chica (muy) embarazada que está un poco mareada. Le abro la sala para que se pueda sentar y vuelvo.

Medio minuto después:

- Las llaves. Perdona, es que no quería tenerla de pie.
- Sí, claro, pero la iglesia tendrá que ser primero, ¿no?

Incluso en la casa del Señor, a veces no hay sitio en la posada, tampoco.


jueves, 15 de agosto de 2013

11 Vuelva usted mañana... o mejor, no vuelva

Tanto tiempo sin pasar por aquí por pura y auténtica pereza, y ahora que vuelvo, lo hago de mala leche. Perdóname, por la ausencia y por la mala baba que traigo hoy.

Una persona, queridísima mía, trabaja en un negocio familiar. Y se pone de los nervios al ver cómo los dueños tratan a patadas a los clientes. "Se piensan que van a tener clientes siempre, hagan lo que hagan, y el día que se vean solos y tengan que cerrar, ya será tarde." Esta tarde me he acordado varias veces de esta frase, pero no en una tienda sino en la iglesia.

He ido con una amiga a misa en una parroquia que no conocía. Terminada la misa sin incidentes a señalar y sin móviles sonando (no está mal este sitio, pensaba yo), entré con mi amiga a la sacristía. Yo le había llevado un pequeño escapulario y queríamos bendecirlo. Mientras esperábamos, mi amiga, en un impulso, me dijo: "¿Podré confesarme ahora?" Yo intuí que era importante, así que cuando el sacerdote se quedó libre le agarré por banda: "Para bendecir y confesar, por favor." Yo esperaba, por mi experiencia en otras parroquias, una acogida de brazos abiertos y amplia sonrisa.

Pero no. El sacerdote nos mira como si estuviéramos pidiendo una marcianada. "Fíjate estas dos, que vienen a una parroquia y se quieren confesar, habráse visto", parecía estar pensando. Por un momento me arrepentí de no haberle pedido cuarto kilo de salchichón, tal vez se hubiera sorprendido menos. "Es que...", empezó a decir.

Yo me puse detrás de mi amiga y le miré con mi cara de "Es que nada, amigo". "¿Hace cuánto que no te confiesas?", le preguntó. "Desde la JMJ. La de Madrid." "Y ¿no puedes venir otro día?"

Parece ser que en el Cielo hacen fiesta con estas cosas, pero aquí en la tierra preferimos irnos a ver la tele. Viene a tu parroquia una persona que lleva tres años sin confesarse, por fin se decide, y tú le dices que vuelva otro día. Y no se me ocurre ninguna razón que lo justifique. Si tú no puedes, para eso están los demás sacerdotes de la comunidad (¡que les tienes a dos metros, llámales!), si te está esperando el Obispo, que espere, y si se está acabando el mundo, razón de más para ponerte a confesar. Sinceramente, no se me ocurre ninguna razón para demorar la confesión de alguien que viene a pedírtela, lleve tres años o tres días sin hacerla.

Finalmente, mi amiga no cedió (¡bien por ella!) y los dos se retiraron. Fabuloso, pensé: puedo quedarme un ratito ante el Sagrario. Entré a una capilla donde había varios jóvenes (¡jóvenes! ¡Había jóvenes! Lo que darían en tantas parroquias...) rezando. Pero mis desventuras no habían terminado. Aún no había alcanzado el banco cuando una señora, cuyo tamaño físico no le hacía ninguna justicia al de su mal genio, llegó dando palmadas y diciendo en voz alta: "¡Vamos, fuera, que van a cerrar!". Como uno de los chicos se demoró unos segundos todavía en su oración, se dirigió hacia él, y el pobre chico se salvó (o eso me pareció a mí) de que le sacaran a patadas gracias a unos reflejos de vértigo.

Vale, exagero un poco. Pero, sinceramente: me han sacado de discotecas a las seis de la mañana con mejores modales. En mi parroquia (y en otras muchas) jamás se echa a nadie que esté rezando (a los que van allí a dormir la mona si les pedimos que se marchen. Pero es que roncan...). Si son las diez de la noche, y hay alguien en el templo, se esperan a que termine. Y si son ya las mil, pues sí, se le dice algo, pero con discreción, cariño y delicadeza.

Así que, como un perrillo apaleado, me senté a la puerta (que se cerró inmediatamente con un golpe seco) a esperar. Como dos minutos después salió mi amiga expelida (no se me ocurre una forma mejor de expresarlo) por la misma puerta. "¿Al final no te ha confesado?" le dije. "Sí, pero muy rapidito...", me contestó, con pena.

Sinceramente: que los propietarios de un negocio traten mal a sus clientes, como mucho acabará con el negocio, y ya está. Pero que en una parroquia se trate mal a quienes acuden es muchísimo más grave. Primero, porque lo más probable es, no que se vayan a otra parroquia, sino que directamente dejen de ir a la iglesia. Y segundo, porque lo que nos jugamos no es que esas personas compren jabón Lagarto o jabón Lagarta, sino su salvación. Su vida eterna. Si esto no es importante, ya me dirás qué lo es.

ESTA es la actitud...


viernes, 5 de julio de 2013

2 ¿No tienes tiempo? Pon el reloj en la hora de la cruz

Creerse todo. Contentarse solo con ir a misa los domingos, respetar el ayuno, no faltar al besapié del Nazareno y rezar a Santa Bárbara cuando truena, ¿eso es cristianismo?

Eso será la forma de entenderlo algunos...

Eso es nadar y guardar la ropa.

Eso es coger el rábano por las hojas.

Eso es el cristianismo de los instalados.

De los que tienen mucho que perder y arriesgan poco.

Y no me digas que Dios no les pide más.

¡Dios es insaciable, inmenso, infinito!

Cuanto más le das, más te exige.

¿A ti no?

¿No será que te haces el sordo?

¿No será que te "justificas" con el "no tengo tiempo"?

Mira, el tiempo, las rosas y las estrellas son de Él.

Tu tiempo no es tuyo.

Ni tus pesetas, ni siquiera tus hijos...

Dios es para todos el mismo.

¿Es que Abrahán era de otra masa?

¿Es que ese misionero que lo dejó todo es distinto?

¿Es que esa religiosa no es de este mundo?

A ti y a mí nos pedirá concretamente "eso mismo", pero nos está urgiendo a que hagamos a nuestro "estilo" todo lo que podamos como seguidores suyos.
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Hoy la Iglesia, más que nunca -quizás por primera vez- espera del seglar su auténtica dimensión.

Vertidos en su comunidad, testimoniando en grupos pequeños la fe que se vive, intercambiando amor y esperanza, sintiéndose miembros vivos del cuerpo místico de Cristo.

Pero muchos no tienen tiempo para esto.

Se antepone -como siempre- la peseta a Dios, y es cuestión de replantearse la numeración.

Si es 3, 4, 1, 5 y 2 o es 1, 2, 3, 4 y 5.

Cristo seguro que no tenía reloj.

Entre otras cosas porque aún no se habían inventado esos chismes, y no merecía la pena hacer un milagro para esto.

Pero si lo hubiera tenido, seguro que lo habría puesto en hora para que no se le "pasara" la que tenía que morir en la cruz.

El evangelio no dice que dejó de atender a los enfermos, pecadores, leprosos, prostitutas, ciegos, comerciantes y viudas por falta de tiempo.

Y asistía a la sinagoga y oraba al Padre...

Posiblemente yo esté equivocado.

Posiblemente no estemos de acuerdo.

Perdona...

A lo peor, posiblemente estoy abusando de tu tiempo.
Félix López Pulido, Cartas a la Iglesia de paisano.

(La negrita es mía)

 

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